Islandia consiguió acabar con un gobierno corrupto y parásito. Encerró
a los responsables de la crisis financiera en la cárcel. Empezó a redactar una
nueva Constitución hecha por ellos y para ellos. Y hoy, gracias
a la movilización, será el país más próspero de un occidente sometido a una
tenaz crisis de la deuda. Es la ciudadanía islandesa,
cuya revuelta en 2008 fue silenciada en Europa por temor a que muchos
tomaran nota. Pero lo lograron, gracias a la fuerza de toda una nación,
lo que empezó siendo crisis se convirtió en oportunidad. Una oportunidad que los
movimientos altermundistas han observado con atención y lo han puesto como
modelo realista a seguir.Este pequeño país del periférico ártico rechazó rescatar a los bancos. Los dejó caer y aplicó la justicia sobre quienes habían provocado ciertos descalabros y desmanes financieros. Los matices de la historia islandesa de los últimos años son múltiples. A pesar de trascender parte de los resultados que todo el movimiento social ha conseguido, poco se ha hablado del esfuerzo que este pueblo ha realizado. Del límite que alcanzaron con la crisis y de las múltiples batallas que todavía están por resolver. Sin embargo, lo que es digno de mención es la historia que habla de un pueblo capaz de comenzar a escribir su propio futuro, sin quedar a merced de lo que se decida en despachos alejados de la realidad ciudadana. Yaunque sigan existiendo agujeros por llenar y oscuros por iluminar.
La revuelta islandesa no ha causado otras víctimas que los políticos y los
hombres de finanzas. No ha vertido ninguna gota de sangre. No
ha sido tan llamativa como las de la Primavera Árabe. Ni siquiera ha tenido
rastro de mediática, pues los medios han pasado por encima de puntillas. Sin
embargo, ha conseguido sus objetivos de forma limpia y ejemplar.Hoy por hoy, su caso bien puede ser el camino ilustrativo de los indignados españoles, de los movimientos de Occupy Wall Street y de quienes exigen justicia social y justicia económica en todo el mundo.
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