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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Un buen café




Habrás escuchado más de una vez ese dicho que sostiene que el café debe ser negro, caliente y amargo. Bueno, en verdad, un buen café no tiene que ser nada de esas tres cosas. Hay cafés clarísimos, muy suaves, sedosos y dulces, como algunos de Tanzania, Kenia o Hawaii, sólo por poner un par de ejemplos. El amargor, más que una virtud, es señal de un café mal preparado, incluso quemado. Un café demasiado caliente – como ocurre con cualquier otra bebida-, sólo inhibe las capacidades de nuestras papilas gustativas para percibir los sabores adecuadamente, de manera semejante al adormecimiento que nos produce un cubito de hielo en la boca.


Para valorar un buen café hay que tener en cuenta el cuerpo, la acidez y la fragancia del mismo.



  • El cuerpo.
    Es la sensación de llenar la boca. Se encuentra más en los cafés robustas, en menor medida en los arábicas naturales y es práctica mente nulo en los arábicas lavados.
  • La acidez.
    Cuanto mayor sea la altitud a la que se cultiva el cafeto, mayor es la acidez del café. Por tanto, los cafés robustas carecen de ella, mientras los arábicas, ya sean lavados o secos, tienen una acidez variable, precisamente en función de la altitud a la que hayan sido cultivados.
  • La fragancia.
    Se entiende como una mezcla entre el gusto y el aroma. Los robustas son cafés con gustos amargos y aromas fuertes. Los arábicas se caracterizan por su fragancia agradable y suave. Sin embargo, aún teniendo muy en cuenta estos factores, existen otros agentes, ajenos al propio cultivo del café, como puede ser la figura del tostador, que también influyen en la degustación final de una taza de café. 


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